Conexión de continentes, Estrecho de Bering
No se trata aquí de construir un simple puente o una línea comercial para conectar dos continentes. La magnitud del sitio, su localización, su contexto geopolítico tanto como la conciencia ecológica actual justifican una propuesta mucho más ambiciosa, un proyecto activo y sensible a las condiciones del sitio. Por su posición de umbral entre dos océanos, Pacífico y Ártico, el estrecho de Bering tiene un clima extremadamente frágil vinculado al deshielo y es un lugar estratégico para el clima global. Un ecosistema raro, frágil y variado se ha instalado allí.
Abordamos este concurso de ideas organizado por la Unión Internacional de Arquitectos en 2009 con la convicción de que un proyecto a la escala del estrecho de Bering no podía reducirse a una simple infraestructura de conexión. No se trataba de trazar una línea comercial o de construir un puente funcional entre Siberia y Alaska. La magnitud del sitio, su posición geopolítica singular, la conciencia ecológica emergente de aquella época, todo nos exigía una reflexión más amplia, una propuesta activa y sensible a las condiciones extremas de este territorio. El estrecho de Bering ocupa una posición de umbral entre dos océanos, Pacífico y Ártico, y constituye un lugar estratégico para el clima global. Un ecosistema raro, frágil y variado se ha instalado allí, dependiendo directamente de la dinámica de los hielos y las corrientes marinas.
Nuestro partido arquitectónico se deriva de un gesto radical, brutal incluso, pero asumido en su claridad. Imaginamos abrir una zanja en las aguas poco profundas del estrecho, volviendo visible el suelo original y conectando así las dos orillas mediante una emergencia mineral. Esta operación, casi telúrica, evoca una especie de desgarramiento de la superficie marina, un gesto que podría recordar la imagen mítica de Moisés abriendo el Mar Rojo. Hay en esta referencia algo del orden del prodigio, pero también de la violencia controlada, del respeto a una fuerza que nos supera. Queríamos que el proyecto portara en sí esta ambivalencia, este diálogo entre lo humano y lo natural, entre la técnica y el mito.
La estructura se compone de dos murallas paralelas que emergen algunos metros por encima de la superficie del mar. Estas paredes, reforzadas por un sistema de múltiples tirantes, asumen una pluralidad de funciones. Algunas dejan pasar la fauna marina, otras captan la energía de las corrientes para producir electricidad, otras más acogen programas variados: viviendas, hoteles, laboratorios de investigación. La doble muralla actúa como un filtro activo, regulando los flujos de los barcos, controlando los pasajes, almacenando la energía de las olas. Quisimos que esta infraestructura fuera también un dispositivo ambiental, capaz de responder a los desafíos climáticos del estrecho, a la fragilidad de este ecosistema vinculado al deshielo.
En su radicalismo, la estructura corta las islas a su paso. En lugar de rodear las masas rocosas emergidas, elegimos atravesarlas, inscribir el proyecto en profundidad. Esta decisión, que podría parecer violenta, nos permitía explotar al máximo la inercia térmica de la roca, instalar allí los grandes equipamientos y las viviendas en condiciones de confort optimizadas. Las islas se convierten entonces en puntos de anclaje, lugares habitados donde la presencia humana puede desarrollarse sin contradecir las condiciones climáticas extremas. El suelo rocoso ofrece una estabilidad, una masa térmica, una protección contra los vientos y las variaciones de temperatura. Alojamos allí las funciones más sensibles, aquellas que necesitan una constancia ambiental, una continuidad de uso.
El proyecto incluye también un monumento de la paz, situado entre las dos islas principales, materializado por un camino de balizas flotantes. Cada baliza está grabada con el nombre de una persona que haya trabajado por la paz, formando así una galería memorial a cielo abierto, expuesta a los elementos, móvil y frágil. Este dispositivo evoca el ballet inestable e incesante de las Pancakes Rocks, esas formaciones de hielo circulares que se forman y se deshacen según los ciclos de congelación y descongelación. El monumento reproduce constantemente el embancamiento y el desembancamiento, inscribiendo en su propia materialidad la memoria de las transformaciones estacionales del estrecho. No se trata de un monumento fijo, sino de una instalación viva, sometida a las fuerzas del sitio, respetuosa de su dinámica natural.
También integramos una reflexión sobre la porosidad ecológica de la infraestructura. Los tirantes no son solamente elementos estructurales, se convierten en pasajes, cámaras de circulación para la fauna, dispositivos de captación energética. Pensamos el proyecto como un ecosistema híbrido, donde la técnica y lo vivo coexisten, donde la infraestructura se convierte en soporte de biodiversidad. Este enfoque, aún poco extendido en 2009, nos parecía necesario para responder a la escala y la sensibilidad del lugar. El estrecho de Bering no es un sitio neutro, es un medio activo, un territorio donde los flujos biológicos, climáticos y oceánicos se entrelazan de manera compleja.
La materialidad del proyecto se basa en una arquitectura de la emergencia, donde el suelo y el agua dialogan constantemente. Las murallas, constituidas de hormigón reforzado y estructuras metálicas, están concebidas para resistir las restricciones extremas, las presiones del hielo, las fuerzas de las corrientes, las tempestades. Pero también están pensadas para envejecer, para inscribirse progresivamente en el paisaje, para convertirse poco a poco en un elemento natural del estrecho. Imaginamos que el proyecto, en su duración, podría cubrirse de algas, de conchas, convertirse en un arrecife artificial, un soporte de vida marina. Esta transformación lenta, esta naturalización de la infraestructura, nos parece esencial para la legitimidad del gesto.
Este proyecto recibió el segundo premio del concurso. Permanece para nosotros como una exploración radical de las posibilidades de la arquitectura a escala territorial, una reflexión sobre la manera en que un gesto arquitectónico puede encarnar a la vez una ambición geopolítica y una conciencia ecológica. El estrecho de Bering sigue siendo un lugar a la vez real y mítico, y nuestra propuesta intentaba dar forma a esta dualidad.
Nuestro partido arquitectónico se deriva de un gesto radical, brutal incluso, pero asumido en su claridad. Imaginamos abrir una zanja en las aguas poco profundas del estrecho, volviendo visible el suelo original y conectando así las dos orillas mediante una emergencia mineral. Esta operación, casi telúrica, evoca una especie de desgarramiento de la superficie marina, un gesto que podría recordar la imagen mítica de Moisés abriendo el Mar Rojo. Hay en esta referencia algo del orden del prodigio, pero también de la violencia controlada, del respeto a una fuerza que nos supera. Queríamos que el proyecto portara en sí esta ambivalencia, este diálogo entre lo humano y lo natural, entre la técnica y el mito.
La estructura se compone de dos murallas paralelas que emergen algunos metros por encima de la superficie del mar. Estas paredes, reforzadas por un sistema de múltiples tirantes, asumen una pluralidad de funciones. Algunas dejan pasar la fauna marina, otras captan la energía de las corrientes para producir electricidad, otras más acogen programas variados: viviendas, hoteles, laboratorios de investigación. La doble muralla actúa como un filtro activo, regulando los flujos de los barcos, controlando los pasajes, almacenando la energía de las olas. Quisimos que esta infraestructura fuera también un dispositivo ambiental, capaz de responder a los desafíos climáticos del estrecho, a la fragilidad de este ecosistema vinculado al deshielo.
En su radicalismo, la estructura corta las islas a su paso. En lugar de rodear las masas rocosas emergidas, elegimos atravesarlas, inscribir el proyecto en profundidad. Esta decisión, que podría parecer violenta, nos permitía explotar al máximo la inercia térmica de la roca, instalar allí los grandes equipamientos y las viviendas en condiciones de confort optimizadas. Las islas se convierten entonces en puntos de anclaje, lugares habitados donde la presencia humana puede desarrollarse sin contradecir las condiciones climáticas extremas. El suelo rocoso ofrece una estabilidad, una masa térmica, una protección contra los vientos y las variaciones de temperatura. Alojamos allí las funciones más sensibles, aquellas que necesitan una constancia ambiental, una continuidad de uso.
El proyecto incluye también un monumento de la paz, situado entre las dos islas principales, materializado por un camino de balizas flotantes. Cada baliza está grabada con el nombre de una persona que haya trabajado por la paz, formando así una galería memorial a cielo abierto, expuesta a los elementos, móvil y frágil. Este dispositivo evoca el ballet inestable e incesante de las Pancakes Rocks, esas formaciones de hielo circulares que se forman y se deshacen según los ciclos de congelación y descongelación. El monumento reproduce constantemente el embancamiento y el desembancamiento, inscribiendo en su propia materialidad la memoria de las transformaciones estacionales del estrecho. No se trata de un monumento fijo, sino de una instalación viva, sometida a las fuerzas del sitio, respetuosa de su dinámica natural.
También integramos una reflexión sobre la porosidad ecológica de la infraestructura. Los tirantes no son solamente elementos estructurales, se convierten en pasajes, cámaras de circulación para la fauna, dispositivos de captación energética. Pensamos el proyecto como un ecosistema híbrido, donde la técnica y lo vivo coexisten, donde la infraestructura se convierte en soporte de biodiversidad. Este enfoque, aún poco extendido en 2009, nos parecía necesario para responder a la escala y la sensibilidad del lugar. El estrecho de Bering no es un sitio neutro, es un medio activo, un territorio donde los flujos biológicos, climáticos y oceánicos se entrelazan de manera compleja.
La materialidad del proyecto se basa en una arquitectura de la emergencia, donde el suelo y el agua dialogan constantemente. Las murallas, constituidas de hormigón reforzado y estructuras metálicas, están concebidas para resistir las restricciones extremas, las presiones del hielo, las fuerzas de las corrientes, las tempestades. Pero también están pensadas para envejecer, para inscribirse progresivamente en el paisaje, para convertirse poco a poco en un elemento natural del estrecho. Imaginamos que el proyecto, en su duración, podría cubrirse de algas, de conchas, convertirse en un arrecife artificial, un soporte de vida marina. Esta transformación lenta, esta naturalización de la infraestructura, nos parece esencial para la legitimidad del gesto.
Este proyecto recibió el segundo premio del concurso. Permanece para nosotros como una exploración radical de las posibilidades de la arquitectura a escala territorial, una reflexión sobre la manera en que un gesto arquitectónico puede encarnar a la vez una ambición geopolítica y una conciencia ecológica. El estrecho de Bering sigue siendo un lugar a la vez real y mítico, y nuestra propuesta intentaba dar forma a esta dualidad.
- Lieu
- Sibérie, Alaska
- Nature
- Mixte
- Concours
- 2009
- MOA
- FPU organisé par l'UIA